junio 15, 2017

“Bob, nunca me digas nunca”

Bob Woodward: Un icono de la investigación periodística Sigue leyendo

BOB

Bob Woodward, del Watergate al espionaje clásico de Rusia en las elecciones de EEUU

Lo que ayer sucedió en el Congreso de los Diputados es que estaba Bob Woodward sentando en lo de Alsina. Era la segunda jornada de la moción de censura impulsada por Podemos. Pero lo que destacó fue Bob Woodward. Principalmente a quienes aún creen en este oficio. Antes había estado de cafés con Susanna Griso.

Bob Woodward es, junto a Carl Bernstein, el tipo que a los 29 años comenzó a investigar el Watergate en las páginas de The Washington Post (1972-1974). Una expedición que acabó con la imagen de Nixon desalojado de la Presidencia de EEUU al pie de un helicóptero que lo degradó a la categoría de delincuente y sospechoso habitual. Es decir, lo envió a la fontanería de la vida. A Bob Woodward lo interpretó en el cine Robert Redford. Y Bob Woodward, observado de cerca, tiene hechuras de productor de Hollywood.

En el congreso Management & Business Summit (MABS2017), organizado por Atresmedia, desovó ayer algunas precisiones sobre periodismo y después volvió a hablar con Alsina sobre el escenario. Este hombre tiene un estilo propio que quizá usa como venganza. Acumula fuentes extraordinarias. Es capaz de callarse más de 33 años el nombre de su garganta profunda, que resultó ser William Mark Felt, número dos del FBI cuando el asunto aquel del complejo de oficinas Watergate. “Sigo realizando preguntas que nadie me ha contestado”, dice Woodward. “Antes que la política está la verdad. En The Washington Post tenemos claro que los trabajos bien hechos son los que se hacen desafiando. Debemos ser invasivos como periodistas en beneficio de esa verdad”.

Es de los que creen que el periodismo es una ventana abierta y no algo que haya que entender a la luz baja de la clandestinidad. Está convencido de que los presidentes tienen un poder malo. “Trump, como todos los demás en EEUU, tiene el poder de emplear las Fuerzas Armadas cuando le plazca. Existen controles, claro, pero es el comandante en jefe”. No resulta muy alentador. Detrás de esa certeza hay algo peor: la molécula rabiosa del miedo. “Obama me dijo una vez que el auténtico poder es el miedo. Y David Cameron me dijo de Obama algo peor: ‘Me gusta. Es muy inteligente pero nadie lo teme'”.

Trump es la gran bestia. “Un psiquiatra amigo, del que no puedo revelar su nombre, me aseguró que Trump era uno de los casos más claros de trastorno narcisista que había visto en su vida. Fue después de pasarle la transcripción de una entrevista que le hice. La percepción de parte de los ciudadanos es que Trump iba a ser un agente de cambio… Pero lo que tenemos es una conexión rusa llena de interferencias. Un asunto muy grave del que sólo sabemos el 5% o el 10% de lo que ha sucedido”.

Luego están los medios de comunicación, a los que Trump acusa de falsarios o peligrosos. “Creo que algunos pasos en falso dados por la prensa sobre la conexión de su presidencia con Rusia le han restado a cierta prensa credibilidad. Y la agresividad ha favorecido a Trump. Tenemos que investigar de manera más responsable. Si hacemos periodismo con ideas preconcebidas nos vamos a perder las claves de la historia real».

Bob Woodward es un periodista velocísimo que desconfía de la prisa. Lleva 45 años en el mismo periódico. “Es fantástico tener a una de las personas más ricas del mundo como propietario de tu casa. Jeff Bezos [creador de Amazon y propietario de The Washington Post] ha imprimado al periódico su filosofía, que tiene como principio la paciencia. Así es como se llega a un periodismo serio y profundo”.

En medio del fervorín del Watergate, la editora del periódico, Katharine Graham, le preguntó a Woodward cuándo se sabrá todo. Aquel joven concienzudo y buen ladrón de oído cometió la imprudencia de la sensatez: “Nunca”, contestó. “Bob, nunca me digas nunca”, resopló ella.

Esa sentencia le descubrió el doble filo que siempre tienen una verdad y una buena historia. Jamás creas que las cosas, en periodismo, tienen un solo final. No puntúan en este oficio los balances melancólicos, ni se acepta que algo pueda quedarse sin contar.

  • Texto: ANTONIO LUCAS (EL MUNDO)
  • Foto: EFE
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