mayo 7, 2018

El fantasma de la crisis vuelve

La subida del dólar trae a los argentinos recuerdos de los peores años de la economía Sigue leyendo

CAMBIO

Un hombre mira la pantalla con las cotizaciones de moneda extranjera en una casa de cambios del centro de Buenos Aires

“Sube el dólar y aumenta todo”; “No salimos más del pozo”; “Esto se va a la mierda”. Como un mantra, los argentinos repiten hoy las frases que anteceden a esos estallidos cíclicos de su economía, como si los tiempos de bonanza fueran la incubadora de un gran crisis, la antesala de irreductibles cataclismos. El desánimo se respira en Buenos Aires. La semana que pasó, con una depreciación del peso que llegó casi a 12% y tres subas consecutivas de los tipos de interés, que del 27,25% llegaron al 40%, activó en la memoria recuerdos de los peores años. Así está Argentina: acosada por sus peores fantasmas.

Esta fue una semana complicada no sólo en Argentina. La subida de los tipos de interés en EEUU aspiró el dinero de los mercados emergentes y las monedas de la región se depreciaron rápidamente. Pero ninguna tanto como el peso argentino. Y cuando el dólar sube, la calle se preocupa, mucho. Aunque “nada haya cambiado tanto en el último mes para semejante cambio de las expectativas”, dice el exministro de Economía José Luis Machinea, el hombre que intentó contener, hasta su reemplazo por Ricardo López Murphy, la debacle de 2001. ¿Dónde está entonces el problema? Para el politólogo Juan Germano, director de la consultora Isonomía, es una cuestión de percepción. “En Argentina hay tres palabras prohibidas: inflación, dólar y desempleo. Cualquier argentino puede entrar en pánico con estos temas. El desempleo es el tema más tabú, porque da mucho miedo. En dos años de [Mauricio] Macri esa variable no fue un factor de pánico y no lo es ahora. Pero de los tres temas tabú, hay dos que esta semana estuvieron en todos los diarios”, dice.

Desde la puerta de su local de venta de golosinas, Oscar tiene el termómetro de Villa Urquiza, un barrio de clase media de Buenos Aires. “La gente no habla de otra cosa: ‘El dólar sube, todo aumenta, el gas, la luz, la nafta’. Yo vendo cada vez menos”, se queja. Tiene la sensación, dice, de que el país está cerca de que pase “algo muy grave”. Miguel tiene 52 años y ha vivido muchas crisis. Sale de una verdulería con algunas frutas en una bolsa de tela naranja y tiene en la boca comentarios lapidarios: “Otra vez lo mismo, siempre lo mismo. Sube el dólar y se pudre todo. Todo aumenta”. Para Jorge, el dueño de una liberaría, los problemas empezarán la semana próxima, cuando tenga que reponer mercadería. “Antes venían con aumentos de a centavos, pero ahora son de a dos o tres pesos. ¿Las ventas? Como siempre, aguantando. La gente guarda el dinero cuando tiene miedo”, dice. Dólar e inflación, los dos temas tabú, los de siempre.

EL AJUSTE DEJA A MACRI SIN AVIÓN

Mauricio Macri seguirá por ahora sin avión presidencial. Horas después de que Gobierno argentino anunciase un recorte del gasto público para contener el déficit fiscal, Presidencia comunicó la suspensión de la compra de una nueva aeronave: “En el contexto actual, no es un buen momento para hacerlo”. El presidente argentino tiene un avión apto vuelos domésticos y regionales, el Tango 04, pero para viajes más largos debe usar servicios comerciales.

La decisión forma parte de un ahorro más amplio. El Gobierno se ha mostrado inflexible en su decisión de achicar gastos, lo que incluyó el recorte progresivo de los subsidios a los servicios públicos, con la consecuente subida de tarifas. Macri pretende también moderar las subidas salariales e insiste con el mensaje de austeridad a sus colaboradores para evitar escándalos. El último tuvo como protagonista al ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, cuando hace una semana el diario Perfil difundió que usó fondos públicos para vuelos privados, para homenajear en su casa a la titular del FMI, Christine Lagarde, y para tener alfajores de la marca Chocoarroz en su despacho.

“Los argentinos piensan en verde”, dice una vieja máxima que sobrevivió a todos los modelos con que los Gobiernos intentaron dominar a la economía argentina. Liberales, neoliberales, keynesianos, populistas, nacionalistas, desarrollistas, industrialistas: la historia del país sudamericano tuvo espacio para todas las recetas posibles. Pero el dólar siempre estuvo ahí, sobrevolando como una parca sobre las cabezas. “Los argentinos pensamos en dólares debido a una historia de inflación que comenzó en nuestro país en la década de 1940 y, en el transcurso de los años, generó por lo menos dos hiperinflaciones y grandes impactos en la distribución del ingreso. Cambiar esa manera de pensar va a llevar años en la medida en que logremos tasas de inflación menores a un dígito”, advierte Machinea. En 1981, uno de los últimos ministros de Economía de la dictadura militar argentina, Lorenzo Sigaut, lanzó una frase que lo hizo célebre. “El que apuesta al dólar pierde”, dijo, y días después devaluó el peso un 30%. Es sólo un ejemplo que explica la sobrevida de los fantasmas del pasado.

“Esta cosa que parece tan misteriosa, por qué los argentinos miran al dólar, tiene que ver con que mucha gente ha perdido dinero. Es difícil que un país funcione sin tener una forma de ahorro legítima”, dice Alejando Grimson, doctorado en antropología en la Universidad de Brasilia. Para ahorrar está, entonces, el dólar, y cuando sube el dólar aumentan los precios, sobre todo de los alimentos, commodities atados a valores internacionales. “El Gobierno bajó impuestos a las exportaciones y entonces tendió a reenganchar el precio de las materias primas al valor internacional. La gasolina también está dolarizada. El gobierno liberó el precio y desde entonces nunca bajó”, dice Grimson. Como los problemas perduran, la tradición del ahorro en dólares se pasa de padres a hijos. “Los argentinos saben cuánto vale un dólar. Está en la radio, en los noticieros cada hora, en los diarios. Y todos saben perfectamente cuánto ganan y cuánto gastan en dólares y entonces nadie quiere ganar menos en dólares”, explica.

El viernes, media hora antes de la apertura de los mercados, el Gobierno decidió neutralizar una nueva corrida cambiaria con un aumento de casi 700 puntos de los tipos de interés y el anuncio de una nueva meta de déficit fiscal, que pasó del 3,2% al 2,7% del PIB. El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, dijo que el Estado ahorrará 3.200 millones de dólares en las finanzas públicas, con recortes, sobre todo, en la obra pública. La reacción del mercado fue inmediata y al final del día el dólar había vuelto a valores previos a la escalada alcista.

En el corto plazo, el Gobierno enfrenta el desafío de controlar la histeria cambiaria, desviando la agenda hacia asuntos menos conflictivos, sacar de las conversaciones del café y las portadas de los diarios el dólar y las subidas de los precios. “Son temas que activan paranoias automáticas, aunque el contexto es el de una crisis pequeña. Pero hay que controlarlos rápido, porque si se extienden en el tiempo serán un problema mucho más grave”, dice Germano. El desafío es enorme, porque una vez que cunde el desánimo es difícil recuperar el optimismo, sobre todo para un Gobierno que llegó al poder con la promesa de una “revolución de la alegría”.

EL FIN DEL IDILIO CON LOS MERCADOS

Mauricio Macri ha tenido su primer gran encontronazo con los mercados internacionales. Desde que asumió como presidente de Argentina, en 2015, líderes de todo el mundo han elogiado el giro ortodoxo de su política económica, tras los 12 años de proteccionismo de los Kirchner. En enero se escucharon algunas críticas cuando el Banco Central, presionado por el Gobierno, bajó tímidamente la tasa de interés a pesar de que la inflación seguía descontrolada, cerca del 25% interanual. Pero la corrida bancaria de esta semana ha puesto en crisis el idilio: Argentina se ha dejado más de 7.000 millones de dólares de sus reservas internacionales para intentar frenar la caída del peso.

El Gobierno intentó parar la corrida con una subida de tasas y una reducción del gasto, sobre todo en la obra pública. Pero el freno de esas inversiones tendrá consecuencias políticas. El macrismo se ha apoyado en algunos gobernadores peronistas para sacar adelante leyes en el Congreso, donde está en minoría. Sin la carta de la obra pública, pierde capacidad de negociación.

  • Texto: MAR CENTENERA Y FEDERICO RIVAS MOLINA (EL PAÍS)
  • Foto: AFP
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