febrero 8, 2017
Habla el resucitado de San QuintÃn
‘Shujaa’ Graham es uno de los 138 reos que han logrado salir con vida del corredor de la muerte de EEUU Sigue leyendo
Nació en Louisiana cuando a los negros se les separaba de los blancos como a ganado, entró a prisión por un hurto de 40 dólares, en la cárcel fue acusado de asesinar a un guardia y, cuando por fin fue declarado inocente después de cuatro juicios, ya llevaba ocho años encerrado por un crimen que no cometió, tres de ellos en el corredor de la muerte de San QuintÃn.
Más o menos como sigue. Un hombre negro. Una celda diminuta. Un reo incomunicado. Y una certeza al final del pasillo: la sala de ejecuciones por inyección letal.
-¿Cómo era la vida all�
-Piensa en el dÃa más terrible y doloroso que hayas tenido en toda tu vida, y que mañana te vas a levantar sabiendo que ese dÃa va a ser todavÃa peor. Eso es el corredor de la muerte.
-¿Cómo aguantaba?
-Para poder resistir eso uno tiene que programarse. Cuando te levantas por la mañana tienes que estar preparado para poder aguantarlo, porque los barrotes están ahÃ. Cuando me levantaba a las 5.00 de la mañana yo no me movÃa hasta que me sentÃa preparado para enfrentarme a esos barrotes.
Shujaa Graham pertenece a uno de los clubes más macabramente exclusivos del mundo: es una de las 138 personas que han logrado salir con vida de un corredor de la muerte estadounidense. Y cada año lo celebra con los otros resucitados: se ven, hablan de sus experiencias, sonrÃen juntos, se saben vivos. El grupo se hace llamar Witness to Innocence (Testigos para la Inocencia) y su historia ha estado presente este fin de semana en los Premios Goya a través del documental The Resurrection Club, que aspiraba al premio al mejor corto documental. Dice Shujaa en la cinta: «No somos vÃctimas, somos supervivientes».
En esta entrevista concedida a CRÓNICA gracias a la mediación de AmnistÃa Internacional, el hombre que iba a morir llorará, hablará de aquel dÃa en que se cubrió la cara con las manos y dirá que el único empleo que pudo «soportar» al salir de San QuintÃn fue el de jardinero. Al aire libre. Sin paredes. Como cuando trabajaba en los campos de algodón de Louisiana.
-¿Cómo fue su infancia all�
-Nacà y crecà en Lake Providence, una pequeña población de Louisiana en la que el racismo y la segregación eran una realidad muy presente. En los restaurantes habÃa una zona para los blancos y otra para los negros. En el cine, los asientos para los negros y para blancos también estaban separados: los de los negros eran los de arriba. Allà trabajaba en una plantación con mi abuela, mi abuelo y mi madre. Nunca conocà a mi verdadero padre. Mi padrastro aspiraba a una vida mejor, asà que se fue a California, a South Central. Después mi madre y algunos de mis hermanos fueron con él. Mi hermano mayor y yo nos quedamos en Lake Providence con mi abuela durante dos o tres años. Fue duro, éramos niños y nos dolÃa tener a nuestra madre a 3.000 millas de distancia de nosotros. Después, mi madre nos llevó con ella a California. Mis problemas con la Justicia empezaron allÃ. Me unà a una banda que habÃa en mi barrio. Antes de cumplir los 18 ya habÃa pasado tres años de mi vida en prisión.
-¿Por qué le declararon culpable y cómo fue su defensa?
-Creo que jugó un papel fundamental el hecho de que yo formara parte de un movimiento en prisión que denunciaba la brutalidad contra los presos por parte de los guardias y el racismo en la cárcel, un racismo consentido y perpetrado por los propios agentes. El 27 de noviembre de 1973 un guardia de la prisión fue asesinado y a mà y a otros presos nos encerraron por ello en celdas especiales. Cuando la situación se calmó, a mà y a otro preso, Eugene Allen, nos acusaron de esa muerte, y durante los siguientes nueve años tuvimos que luchar por salvar nuestras vidas.
-¿Cuál es el recuerdo de sus primeros dÃas allà dentro?
-Yo tenÃa 21 o 22 años. Durante mis primeras dos semanas en el corredor coincidà con varios estudiantes jóvenes que habÃan tenido noticias de mi caso y que fueron a visitarme a San QuintÃn. «Te sacaremos de aquÃ, Shujaa«, me decÃan. Yo a ellos no se lo decÃa, pero pensaba que mi vida estaba acabada, que qué podÃan hacer esos estudiantes por mucho que quisieran contra el poder de California. Pero aquellos chavales se movieron, involucraron a la comunidad, organizaron charlas, reuniones, fueron a universidades, me ayudaron todo lo que pudieron… Y la Corte Suprema del Estado de California acabó revocando mi condena al comprobar que el sistema judicial que me habÃa condenado excluÃa sistemáticamente a los negros de los jurados.
-Pero no acabó todo ahÃ.
-Cuando mi condena fue revocada pensé que volverÃa en seguida a casa y que no me someterÃan a un tercer juicio. Pero no: me juzgaron una tercera vez. Sin embargo, el jurado no logró ponerse de acuerdo sobre si éramos inocentes o culpables. Asà que al año hubo un cuarto juicio. Para entonces llevaba en la cárcel 11 años. Ese cuarto juicio fue probablemente el más duro de todos los juicios [Shujaa rompe a llorar]. Recuerdo bien que me sentÃa como si fuera un niño, lo único que querÃa era ir a mi casa y ver a mi madre, a mis hermanas y a mis hermanos. Recuerdo cuando estaba en pie frente al jurado y este anunció su veredicto: «No culpable». Recuerdo que me cubrà la cara con las manos y pensé que por fin, después de 11 años, la peor de mis pesadillas habÃa terminado. TodavÃa hoy pienso muchas veces en las largas noches en el corredor de la muerte de California, en esas noches de terrible dolor y sufrimiento que vivÃ…
-Usted es una de los 138 personas que han logrado salir con vida del corredor de la muerte. Forman ustedes una especie de club.
-Yo no lo considerarÃa un club, sino parte de una organización, Witness to Innocence, compuesta fundamentalmente por personas que han sobrevivido al corredor, personas que fueron condenadas a la pena capital y que después de años en el corredor de la muerte se demostró que eran inocentes. Nos reunimos una vez al año y nos apoyamos los unos a los otros. Hablamos de nuestras experiencias y combatimos juntos la pena de muerte.
-¿Cómo es la vida después de pasar por una experiencia como el corredor de la muerte? ¿Tiene secuelas psicológicas? He leÃdo que usted se considera a sà mismo un superviviente…
–Me considero un superviviente, sÃ. Hay vÃctimas que ya no están con nosotros, que no han sobrevivido al corredor de la muerte. Yo soy un superviviente porque en realidad lo único que puedes hacer en el corredor de la muerte es sobrevivir. Hace más de 27 años que salà de allà y no hay un solo dÃa que no piense en esa terrible realidad. He llegado a la conclusión que lo único que puedo hacer es vivir con ese peso, porque sé que estará conmigo toda mi vida.
-¿Cómo fue salir?
-A los dos años de dejar la cárcel, empecé a buscar trabajo y tuve mucha suerte. Hice una solicitud de empleo y la persona que ofrecÃa el trabajo no chequeó mi expediente judicial. Si me hubiera preguntado que por qué habÃa estado tantos años en la cárcel, si le hubiera tenido que contar todo lo que ocurrió, creo que mis posibilidades de ser contratado se hubieran reducido. Tuve suerte, como le he dicho, y conseguà el trabajo, primero como repartidor de una floristerÃa. Después me recolocaron en departamentos de paisajÃstica y, después de 10 años allÃ, decidà montar mi propio negocio de jardinerÃa. Fue una buena idea. Me encantan las flores y las plantas y nunca pensé que tendrÃa la ocasión de vivir rodeado de ellas. También tengo una familia. Conocà a mi mujer cuando estaba en la cárcel, ella era enfermera y formaba parte del comité de personas que me defendÃan. Realmente he tenido mucha suerte.
-Usted lucha por la abolición de la pena de muerte. En ese sentido, ¿cómo valora que Donald Trump sea el presidente de Estados Unidos?
-Lo que siento se refleja en la actitud de toda esa gente que se ha echado a la calle para protestar por su elección como presidente. Tenemos por delante dÃas complicados, pero soy optimista, sobre todo porque la gente no se ha quedado sentada en su casa.
–Shujaa no es su verdadero nombre. ¿Quién se lo puso y qué significa?
–Shujaa es el nombre que me dieron los presos del movimiento polÃtico por la justicia social al que pertenecÃa cuando estaba en la cárcel. En ese movimiento conocà a una persona llamada Jimmy James, que un año antes habÃa sido absuelto del asesinato de un policÃa y que un dÃa vino a la prisión en la que yo estaba. En esa época, era común que mucha gente se cambiara el nombre. Él estaba buscando un nombre que me encajara bien y, basándose en mi actitud, eligió Shujaa. Desde entonces llevo el nombre de Shujaa, que significa guerrero y también valiente. Llevar el nombre de Shujaa me da fuerzas para combatir, para ser un guerrero valiente que lucha por la justicia social.
- Texto: IRENE HDEZ. VELASCO (EL MUNDO)
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